El agua es el recurso más importante del planeta, el fundamento de la vida y el pilar de nuestra civilización. Sin embargo, a pesar de su vital importancia, hoy resulta imposible pedirle a miles de compatriotas que agradezcan la lluvia que ha caído. Para ellos, el agua no ha sido bendición, sino una fuerza destructiva que ha provocado inundaciones, destrozos cuantiosos y, en las zonas más golpeadas del país, la trágica pérdida de vidas humanas.
Esta dolorosa paradoja expone una vulnerabilidad que, como país, estamos empezando a abordar de una manera diferente. Por años, nuestra respuesta se centró principalmente en reaccionar a la emergencia. Sin embargo, hoy, gracias al impulso de la nueva institucionalidad de gestión de desastres, como SENAPRED, el foco se está moviendo estratégicamente desde la simple respuesta hacia la prevención, la preparación y la adaptación. Este cambio de switch es, en esencia, un llamado a cultivar la resiliencia.
La resiliencia es una palabra que ha ganado popularidad, a menudo vaciada de su significado profundo. No se trata simplemente de «rebotar» o volver al estado anterior al desastre. Esa es una visión simplista que ignora la transformación inherente a cualquier crisis. La verdadera resiliencia, la socioecológica, es la capacidad de un sistema (una comunidad, un ecosistema, una ciudad) no solo para absorber el impacto y reorganizarse, sino para aprender, adaptarse y, fundamentalmente, evolucionar hacia un estado de mayor fortaleza y sostenibilidad.
Y aquí radica el desafío fundamental: cultivar la resiliencia es un camino lento, laborioso y a menudo invisible. No genera titulares espectaculares como un desastre, ni ofrece soluciones mágicas de la noche a la mañana. Es un trabajo sostenido en el tiempo, un compromiso a largo plazo que no garantiza resultados inmediatos, pero que representa la única vía posible para construir un futuro más seguro, equitativo y justo.
Pensemos en las inundaciones que afectan nuestras ciudades hoy en día. La respuesta inmediata es clara: rescatar a los afectados, construir defensas fluviales de emergencia, entregar ayuda material. Pero, ¿qué pasaría si, durante las décadas de calma, nos hubiésemos dedicado a cultivar la resiliencia? Esto implicaría un trabajo minucioso y multifacético: una planificación territorial que respete los ecosistemas, y no permita construir en quebradas y llanuras de inundación sin la evaluación adecuada; la protección y restauración de humedales, que actúan como esponjas naturales capaces de absorber enormes volúmenes de agua y amortiguar las crecidas; y una educación comunitaria que prepare a los vecinos para la prevención y la autoorganización.
Este trabajo es ingrato para la política tradicional, que busca resultados medibles en ciclos electorales de cuatro años. Es difícil inaugurar con una cinta y un discurso la ‘recuperación de la capacidad de absorción de un ecosistema de humedal’. No se puede cuantificar fácilmente el valor de una comunidad que, gracias a años de trabajo conjunto, sabe exactamente cómo actuar antes, durante y después de una inundación. Pero la inspiración no está lejos. Existen innumerables ejemplos de comunidades locales, organizaciones de base y grupos de científicos que, lejos de los reflectores, dedican su vida a esta siembra paciente. Son ellos quienes restauran humedales, educan en las escuelas, crean redes de monitoreo ciudadano y, en esencia, tejen los hilos de la resiliencia desde abajo hacia arriba. Su trabajo nos enseña que la resiliencia no es un decreto gubernamental, sino un jardín que se cuida a diario.
Es hora de cambiar el paradigma. Debemos entender que invertir en resiliencia no es un gasto, sino la inversión más estratégica que podemos hacer. Requiere que nuestros líderes tengan la valentía de apostar por proyectos a largo plazo, que nuestras instituciones fomenten la colaboración por sobre la competencia, y que nosotros, como ciudadanos, asumamos nuestra corresponsabilidad.
La próxima vez que un desastre nos golpee, y lo hará, por supuesto que debemos atender la emergencia. Pero una vez que pase la urgencia, no podemos permitirnos el lujo de volver a olvidar. Debemos canalizar esa energía hacia la tarea silenciosa pero fundamental de cultivar. Porque aunque el camino sea lento y los frutos no sean inmediatos, la resiliencia es la única herencia verdaderamente valiosa que podemos dejar a las futuras generaciones. Es un camino posible y es urgente empezar a caminarlo juntos.
Este espacio de encuentro permitió reunir a distintas voces y miradas en torno a la gestión de los humedales, generando un diálogo enriquecedor sobre los desafíos y las oportunidades que existen actualmente en la Región de Los Ríos.
Durante esta instancia, los humedales volvieron a demostrar su enorme valor, tanto por su rol clave en la resiliencia frente a desastres como por su rica biodiversidad. Una vez más, quedó de manifiesto la importancia de estos ecosistemas no solo como refugio de biodiversidad, sino también como aliados fundamentales frente a los desafíos que impone el cambio climático y los riesgos de desastres en el territorio.
Es un gran privilegio contar con la colaboración de tantas organizaciones comunitarias, el sector privado y la academia impulsando esta iniciativa de manera conjunta. Este tipo de instancias reflejan el valor del trabajo colaborativo entre distintos sectores, y reafirman el compromiso compartido por avanzar hacia una gestión territorial de los humedales más informada, participativa y sostenible.

Laboratorio de Paisaje y Resiliencia Urbana ( https://pru-lab.cl/ ), Universidad Austral de Chile
Centro de Investigación Interdisciplinaria en Riesgo, Resiliencia y Recuperación ante Desastres (CIGIDEN R+)
Centro de Desarrollo Urbano Sustentable (CEDEUS)






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